martes, agosto 29, 2006

•· si.





Y a veces te vas. Te vas para que te extrañe y para que te busque, para volver en algún otro minuto, quizás no más para estar solo un rato (unos 2 meses), pero bien lejos de mis terribles invasiones y mis uñas tan largas. Para dimensionar mis caderas, tus formas, nuestros ritmos. Sentir y notar, casi de golpe, todo lo que un día dejamos de ser y la estampida de verdades malformadas por la que bajaste.
Si nos vemos por ahí, saludémonos, caminesmos y comamos chatarra. Tengo ganas de saber cómo estás, tomarnos la mano, de contarte que tal va y decirte que fue mucho más que esperar un día para decirte que fue más de lo que un día pude esperar.




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jueves, agosto 24, 2006

•· EncuentroPeatonal.


-Hace frío, ¿Tómame la mano?
-Para qué.
-No sé. Para que piensen que somos pololos.
-Oye Raquel, ¿estai curá?
-No, ya no.
-¿Querí comer algo?
-No, nada, ¿Salgamos un rato?
Quería salir. Habíamos llegado recién, pero ya era hora de darle fin al sorpresivo y agitado tour etílico que veníamos haciendo desde la hora del almuerzo, cuando me lo encontré pateando la perra por la Avenida Central y sin siquiera proponerlo, nos metimos a cuanto bar abierto encontrábamos en el camino. El plan era que apenas se vaciara la última botella, tenía que tomar el bolso y entrar al baño. Él mientras se paraba, dejaba algo en la mesa simulando la propina o algo así, pedía fuego en cualquier mesa que estuviera bien lejos de la nuestra y lo más rápido que pudiéramos nos encontraríamos en la puerta. Y así la misma hazaña en todos los demás.
Este loco Estaba bien loco y por eso me gustaba, por eso mismo es que apagaba el teléfono cuando estaba con él para no perderme detalle y es por eso también que no me daba ni cuenta cuando no alcanzaba a vaciar el vaso y ya estaba hasta el tope otra vez. Tenía ese “qué sé yo que no sé qué”, una capacidad de emborracharte la perdiz totalmente innata. Podía convencerte de cambiar el “mierda” por un “Pinochet” en el “viva Chile” en un dos por tres y así mismo te ponía a vociferar con él un “correlé, correlé, correlá”.
Una vez afuera, después de la enésima hazaña del perro muerto, me ayudó a poner en línea los sentidos y la cabeza en alto “siempre diga”, me decía la cynthia en estos casos, “cuenta hasta tres”, “¡mentalízate hueona!”. Me daba la puerta y su mano sobre mi hombro un gusto a tentación insoslayable, a una especie de purgatorio con luces rojas al poco apetito que de un tiempo a esta parte he tenido por la aventura. Tú me dices cuánto. ¡Hasta ahí!. ¿Cola o blanca?. Así solito nomás, total a estas alturas qué más me puede hacer. Su mirada cómplice y un tanto extrañada, el vaso a medio llenar y mis manos acaloradas era la perfecta atmósfera para proponerle pasar la noche en su cama con esta fulana que no quería dormir sola, pero había que esperar a que terminara de contarme una historia de no sé que cosa que venía balbuceando hace más de media hora. “Hay que creerle la mitad a este no más”, “ es más cuentero”, decían todas, pero todas esas eran lenguas venenosas, envidiosas. Todas andaban tras él.
-¡Corre!
Me agarro fuerte la muñeca, el semáforo daba la luz para cruzar, pero así de rápido como íbamos en la mitad de la calle me soltó la mano y se tiró al suelo, ocupando dos franjas del paso peatonal.
-Acuéstate conmigo.
En ese momento hubiese cambiado las franjas por la pálida decoración de las sábanas, pero no lo pensé ni media vez y ya estaba recostada también. Quedamos pegados hombro con hombro.
-¿Cuánto se demora en cambiar la luz?
-No sé. No importa. Apenas sintamos un auto o uno de los dos vea las luces nos echamos a correr.
-¿Estai comiendo chicle?. Dame.
Me puso entonces, en frente la boca entreabierta, me mostró el miserable y roñoso chicle, todo masticado y que seguramente ya no tenía ni sabor. Pero me lo encontré tan cerca que, un poco por condescender, me puse frente a frente. No importa, le dije, no soy mañosa. Entonces, de un momento a otro, como si ya tuviera uno de los extremos de ese chicle peliento entre los dientes me aventuré, pero apenas llegué a rozar su aliento alcoholizado, ahora subversivo, el chicle desapareció, se lo metió de un sopetón a la boca. Pero eso ya no me importaba. Y ahí. Ahí mismito, recostados en medio paso peatonal me besó, importándole bien poco si había más gente, lo que fueran a decir si alguien conocido nos veía, la oleada de bocinas que de la nada orquestó, sin ton ni son, el paréntesis. Nunca le ha importado, siempre ha tenido un instinto desorbitado por el desenfreno. Me volví sorda y muda, la gente seguía gritando, pero con ese chicle mugriento que más que sabor a menta, tenía gusto a ron, ya tenía lo que quería.

lunes, agosto 07, 2006

•· por primera y enecima vez

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Llegó con un rosario completo de preguntas que yo, por primera y enecima vez, supe responder y aun así me dejó con las manos heladas, con el pelo bien acomodado y con todo el labial en la boca.